lunes, 31 de marzo de 2008

Apuntes, despuntes y encrucijados pespuntes.

El mundo puede ser mirado desde varios puntos de vista. Indudablemente el resultado de las distintas miradas será diferente, justo o equivocado, pero diferente. Un mismo hecho, así las cosas, puede ser vivido como positivo o negativo.

Y fue entonces que salí a dar una vuelta en moto. El día no era de los mejores, pero no llovía (y en este invierno romano que no quiere despedirse, era ya tanto). No salí a pasear. Tenía que ver a una persona y allí fui, siguiendo un camino que había hecho sólo una vez, 3 años atrás, y llegué bien.

Cuando decidí volver, el camino era el mismo, pero distinto. El punto de vista había cambiado, y frente a dos opciones, me decidí por una. Confirmando una vez más que la derecha no siempre es la opción correcta, tomé un camino desconocido y equivocado. Y aquí otra vez el punto de vista puede cambiar la percepción.

Nada tenía para hacer, así que decidí perderme, dejarme llevar. Disfrutaba del camino, ondulado, colinar, con viñedos a los lados y sin tráfico. No había un alma por el feriado y esto ayudaba a que la estuviera pasando muy bien. Salvo porque caía la tarde y el frío comenzaba a sentirse.

Y la percepción cambió. Soy un idiota. Otra vez me perdí -repetía cada dos kilómetros- y este camino tan ondulado es peligroso. Con los viñedos tan cerca, temía terminar entre las uvas con la moto de sombrero. Y para colmo no había un alma para preguntar por el camino correcto. Después de 30 kilómetros estaba en el lugar de partida, en un punto de vista que ya conocía, y tenía que empezar de nuevo.

Esta vez la elección fue justa. En el cruce elegí bien -equivocarme dos veces en la misma elección sería imperdonable- y a mi derecha quedó el camino que se insinuaba correcto, pero no lo era. Hasta el próximo paseo.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes de... sangre.

En 1987 me regalaron un libro que tardé casi 20 años en leer (tardé en empezarlo, por suerte leerlo me llevó un poco menos). Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Una obra futurista que –a este paso- se convertirá en un libro de historia. Ya en el 1958 el escritor norteamericano presagiaba pantallas planas colgadas de la pared, televisión interactiva y bomberos que no apagaban el fuego. Lo encendían para quemar libros.

En la contratapa de la edición que me regalaron cuando terminé la escuela primaria (que todavía conserva la dedicatoria que con mucho gusto leo cada vez que lo abro), Bradbury comenta sorprendido una escena que vio poco después de publicar su libro. Una pareja caminaba de noche por una calle. Él paseaba un perro. La mujer tenía una radio pequeña en su mano, y con un audífono escuchaba sólo ella, concentrada en voces lejanas, aislada de su marido y de su perro. Paseaban juntos. Paseaban separados.

Caminando por la calle, varias veces me detengo para observar a alguna persona que, moviéndose sin parar, habla sola mientras gesticula efusivamente. No sin alivio descubro que el buen señor no ha perdido sus cabales, sino que en muchos casos, la gente lleva un auricular sin cables (supongo que Ray ya se lo habría imaginado), y sus gestos y sonidos tienen un destinatario que está lejos, al otro lado de la línea telefónica.

Pero ante tanta tecnología, una retórica sospecha me asalta: ¿los teléfonos celulares tienen baterías o se alimentan con el movimiento? A veces me pregunto si necesitarán de la tracción a sangre para funcionar. ¿Por qué cada vez que respondemos una llamada nos levantamos y empezamos a caminar sin pausa? ¿Es que no funciona si nos quedamos quietos? Ahora tendré que dejarlos. Me voy a dar un paseo. Debo hacer una llamada y ando escaso de batería. Hasta la próxima.

viernes, 21 de marzo de 2008

Apuntes, despuntes y argentinisimos pespuntes.

Dentro del espectáculo hay un género –por llamarlo de algún modo- muy particular, y que me divierte mucho: la animación de festivales folclóricos. Si un locutor quiere mantener la tensión, generar aplausos y hacer trabajar la cantina, debe (y no es una opción) seguir ciertas normas no escritas, aunque tan sólidas como repetitivas.

El traje será de color gris, y si hace frío, el poncho –cubriendo un solo hombro- de color marrón. Hasta ahí no hay dificultad alguna. Lo lindo (y lo difícil) está en el discurso, en la forma, en el tono. Quien haya visto un festival cualquiera, en cualquier lugar, de cualquier dimensión, sabe de lo que hablo.

El llamado a la tierra con voz rasgada, el brazo tendido, la mano tensa mirando al cielo y una guitarra que acompaña con una milonga bien triste, son elementos esenciales para despertar la emoción festivalera.

Y es por eso mis queridos amigos, que esta noche, bajo la melancólica luna que nos ilumina, compañera de soledades; desde este auténtico espacio telúrico, lugar criollo donde se enlazan la argentinidad y el arraigo a nuestra profunda cultura gaucha… lugar donde los oídos descubren el sonido de las cuerdas de una guitarra que llora una milonga… el lugar donde se desgarra nuestro llanto, llanto que llega desde lo más hondo de nuestros patrios corazones… corazones que llevan a cada uno de nuestros paisanos un mensaje que se hace carne remolineando en cada fogón, en cada lugar de nuestro amado país, en cada rincón de nuestra querida República Argenti… perdón. Perdí el norte. Hasta la próxima.

lunes, 17 de marzo de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes aparentes.

No necesito parecer porque me basta con ser. Pero hoy -también- parecía. Sentado con el mate, el bandoneón, y con la partitura de "La última curda" en el atril, me faltaba la camiseta de Boca y el pasaporte azul entre los dientes para que no quedara duda alguna de mi nacionalidad.

No dudo sobre mi origen y no necesito demostrar de dónde soy. Tal vez por eso me sorprende ver cierta tendencia a una exagerada demostración de argentinismo en el exterior, a una colorida reafirmación nacionalista sostenida por el celeste y blanco de la selección. Es una escena típica en las salas de espera de los aeropuertos. Sin motivo aparente, algunas personas viajan con la camiseta argentina bien calzada. Como si para ser, hubiera que -sí o sí- parecer.

Pero también son varios los argentinos (y tal vez no los únicos) que suben al avión con la camiseta de clubes de fútbol europeos. He visto muchos chicos -adolescentes, eso sí- con los colores del Barcelona, por ejemplo. ¿Es -me pregunto porque no lo sé- una moda? ¿Una forma de demostrar de qué lugar llegan? ¿O un modo para declarar de dónde son ahora?

Estas cortas vacaciones -de ahí la ausencia en esta página- fueron excelentes. Vuelvo con un agradable peso sobre mis espaldas: Javier me pidió que sea su cómplice (frente a su futura esposa utilizaría -seguramente- el término "testigo") y, lógicamente, acepté. No podía negarme -porque no quería- después de haber caminado juntos durante treinta años sin separarnos nunca (no hace falta verse para sentirse). Somos amigos, y parecemos. Hasta la próxima.

domingo, 24 de febrero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes casi existenciales.

La vida -lo sabemos- nos enfrenta a diferentes encrucijadas. Estamos obligados a decidir diariamente qué camino tomar, qué dirección seguir.

Cada uno, dentro de sus posibilidades, hace lo que puede, y cómo puede. A veces es difícil volver atrás. El error ya fue cometido y sólo resta seguir adelante. Otras no tanto, y empezar de nuevo no es una tarea imposible.

Hay momentos en que nos vemos obligados a tomar una decisión en pocos instantes. Me sucede, por ejemplo, cuando voy al banco, aunque no sólo ahí se me presenta el problema. Una decisión equivocada cuando estoy por entrar, puede ser fatal, porque del ridículo cuesta volver.

La elección es siempre repentina, y debe ser tomada al ritmo de nuestros pasos. Si no somos rápidos el resultado final es sólo uno: de bruces contra el cristal. Como un Hamlet frente a su dilema, así me siento yo frente a la puerta: push o pull, empujo o tiro, esa es la cuestión. Hasta la próxima.

lunes, 18 de febrero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes de... regalos.

Hay un aspecto -otro- que diferencia al hombre de la mujer; y que produce serias discusiones y profundos desencuentros: las compras y los regalos. Hablaré por mí aunque espero que mi descripción sea -la modestia salió de paseo y ya volverá- lo suficientemente universal.

Lo primero que debería decir es que no me gusta salir de compras. No está entre las actividades que prefiero para mis horas de ocio. Es siempre una necesidad. No disfruto mirando vidrieras sin sentido (y sin dinero, casi siempre). Si necesito una camisa, voy a comprar una camisa; y ahí se termina el paseo.

Todo lo que compro para regalar me parece feo, inadecuado por exceso o por defecto, equivocado. Veo en la vidriera algo que me parece lindo. Entro, lo miro de cerca y las dudas me invaden, y ahí se queda. Y así pasan las horas y los días, demorando el fatídico momento de empaquetar un regalo que no me convence en absoluto. Afortunadamente uno hace regalos para la gente que quiere, y las reacciones (reales o no) son siempre positivas.

Por ejemplo, a las madres les gustan todos los regalos de sus hijos. Si regalamos un cuadro, exclamarán: ¡qué hermoso! Justo estaba pensando en poner algo en la pared del comedor... ¡está tan vacía! Si lo que regalamos es una lámina, la reacción será similar: el otro día vi un marco que es ideal para esta lámina. La pared del comedor está tan vacía que le hace falta un cuadro".

Es notable como basta pensar para tener ideas. Mañana pasaré por una ferretería. Un clavo dorado puede ser un buen regalo, así tendrá cómo colgar la lámina enmarcada, en la pared vacía del comedor. Hasta la próxima.

martes, 12 de febrero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes amorosos.

Además de regalar flores, chocolates, osos de peluche y promesas de amor eterno, el día de San Valentín invita a románticas cenas, con velas y todo. Pero es importante tener en cuenta ciertos detalles para evitar desagradables consecuencias.

Es fundamental elegir el menú con visión de futuro. De dos futuros: el económico y el físico. Cada uno tomará sus precauciones monetarias para no comprometer el mes en curso, así que -modesta y masculinamente- sugeriré algunos detalles para esa noche tan especial.

Cosas cómodas y discretas. No se puede comer un plato de pasta con crema o salsas riesgosas para la ropa y el estómago. Ella puede pedir lo que más le guste, pero nosotros no; porque no es la cena en sí lo que nos importa. Con un trozo de carne y unas verduras a la plancha estamos hechos. Si esto nos parece poco, una entrada de jamón y un poco de queso alcanza.

Claro que si el jamón es demasiado salado, se añade un pequeño riesgo. Señores, a ustedes me dirijo: no podemos perder de vista nuestro objetivo final, nuestra responsabilidad de género en esta noche tan particular. Moderación con el vino. Si nos invade la sed, agua amigos. Agua.

Finalmente llega el esperado momento del postre. Y aquí sí, aquí sí podemos dejarnos llevar y liberarnos completamente: una manzana -o más, verán ustedes- roja y dulce es lo que recomiendo, aunque nos cueste el paraíso.

Pero si no tienen una manzana a mano, entonces amigos, de nada sirven los consejos anteriores. A tomar y comer como se debe -bien, mucho y pesado-; y a dormir, que cuando este moderno invento pase, faltará un año para el próximo San Valentín y ya habrá tiempo para planificar.

lunes, 11 de febrero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes idealistas.

Lo único que me preocupa del paso del tiempo es la pérdida de memoria, y con ella, la pérdida de las cosas en común que me mantienen unido a mis amigos. Y no es a la pérdida de memoria por alguna enfermedad a la que temo, sino al olvido que llega cuando los caminos se dividen.

Desde hace casi diez años vivo un poco más tranquilo. Fue después de presenciar una cena de un grupo de amigos de juventud. Se veían diariamente, pero no estaban juntos desde hacía mucho tiempo. Pero esa noche, esos hombres maduros eran un grupo de amigos, esa noche el tiempo no había pasado. Pero lo mejor fue que no hablaban del pasado. Hablaban del presente, de sus presentes, como lo hacían 30 años atrás.

Quién sabe cuántos de los proyectos que tenían en su juventud se habían hecho realidad. Quién sabe si alguno de ellos, viendo a sus amigos, pensó esa noche lo cerca o lo lejos que estaba del éxito o del fracaso. Ahora, 10 años después, pienso en mis amigos y pienso en mí, y en nuestros sueños y aspiraciones que ya tienen más de una década.

Es verdad que cada uno de nosotros ve los resultados de acuerdo a sus aspiraciones -lo que es éxito para unos puede ser fracaso para otros- pero no puedo evitar preocuparme cuando alguien que conozco no logra lo que se había propuesto. Me defiendo pensando que este inconveniente es momentáneo, que es sólo un paso atrás para tomar impulso y retomar la carrera.

Cuando estábamos cerca de los 20 años, los sueños estaban intactos. Y ahora -me convenzo- también deben estarlo porque, aún con un optimismo que roza el pecado, todavía sigo convencido de que el éxito -el éxito de cada uno- está ahí, esperándonos.

martes, 5 de febrero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes contestatarios.

Estoy sumamente contrariado. Otra vez el establishment -qué palabra más grandilocuente para identificar a los que siempre mandan- se ha conjurado para perjudicar a la Argentina. Me pregunto si será una venganza por toda la deuda que quedó en default o porque Maradona es amigo de Fidel. ¿O tal vez será porque tenemos la mejor carne del mundo o porque inventamos la birome y el colectivo?

Tenía pensado escribir sobre nuevas observaciones, pero ante semejante afrenta, afrontaré frontalmente este agravio, pero no ahora. Luego. No es cuestión de dar el brazo a torcer y que lo urgente nos tape lo importante.

¿Por qué?, señores y señoras, amigos y amigas: ¿por qué el jabón hace espuma los primeros días para después limitarse a perfumar? He probado varios y siempre pasa lo mismo. Uno lo abre, lo huele, lo moja y hasta juega con toda la espuma que, mágicamente, produce al contacto con el agua. Agua caliente, lógicamente. No es cuestión de pedirle milagros al pobre jabón. Eso al principio.

Pasa el tiempo, y el espumoso compuesto va perdiendo ímpetu. Hasta gracia pierde, diría. Cuando está por llegar a su fin no hay frotación que valga, se niega, como manteniéndose fiel a su fabricante; como diciendo "y ahora no te hago espuma así vas y compras otro". La solución la encontré, aunque en realidad fue una rendición: compro jabón líquido que hace espuma hasta el final.

El que nunca se acaba -como la cosecha de mujeres- es el dentífrico. Siempre quedará algo, un poquito. Para que rinda -eso sí- tendremos que cortar el tubo de plástico que antes, hace unos años, era de plomo. ¡Qué lindas te quedaban las manos -azules o amarillas, Odol o Kolynos- con la pintura que se desprendía después de exprimirlo hasta el final! Pero que nunca era -nunca es- el final. Siempre habrá para una última vez, que nunca será la última.

Otro tema que me inquieta (y tranquilos que ya me voy aproximando a la reivindicación prometida) es lo que sucede con los pantalones vaqueros. Están limpios. Están limpios porque fueron lavados hace dos días. Están limpios porque fueron lavados hace cinco días. Están limpios porque fueron lavados hace 6 días. No sé por qué, pero de la noche a la mañana, los pantalones de jean no están más limpios. Tienen dos estadios: limpios o sucios. No hay término medio, no se perfila la lavada. Pasan de "hoy me los pongo sin problemas", a "hoy se van caminando solos y me esperan en la esquina". A ustedes las respuestas porque yo sigo indignado y estoy ciego de rabia.

¡Claro! Como Toronto está en Canadá, cerca de Estados Unidos. Como las señoritas son de Londres y viven en el primer mundo, han decidido no cerrar su gira mundial en Buenos Aires. Una vez más, los poderosos del mundo han dejado a nuestro sur marginado. Las Spice Girl no van a actuar en Argentina. Lo siento, el mundo es así, malvado. Hasta la próxima y no lloren, no lloren que apenas se recupere, Britney sí va a cantar en Argentina, porque ella es buena y necesitada.

lunes, 28 de enero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes... trágicos.

La tragedia griega es un género dramático tan atractivo como difícil de aplicar a nuestros días. El protagonista se enfrenta a dos alternativas, contradictorias pero verdaderas. Antígona conocía bien la prohibición de sepultar a su hermano, pero también sentía el deber moral de hacerlo. ¡Sófocles sí que sabía plantear un conflicto!

Imaginemos ahora a un griego (sin túnicas blancas ni laureles en la cabeza, por favor. Gracias), actor principal de una tragedia ambientada en este, nuestro occidente tan moderno. El griego deberá elegir entre lo divino y lo terrenal. Cualquier opción es válida, justificada. No hay posibilidad de error. Las dos son correctas. Creo que en cinco minutos se resolvería el conflicto, y la moral divina se quedaría esperando tiempos mejores.

Si bien nuestro griego tiene ya -aun antes de decidir- los pies sobre la tierra (sin túnica, pero con sandalias), el conflicto de la tragedia sigue vigente. Diferente en la forma, igual en su esencia. Y también sus personajes.

La larga espera de Penélope -tejiendo de día y destejiendo de noche durante 20 años, buscando excusas para no terminar un sudario que sancionaría la desaparición de Ulises (un poco ocupado en la guerra de Troya)-, se parece bastante a la cuenta de los meses que faltan para la llegada de las vacaciones (nuestro Ulises); de los días que nos faltan para hacer lo que no podemos hacer durante el resto del año.

¿Se puede vivir en una eterna espera? ¿Cómo encontrar (día tras día) el tiempo y la actividad que nos permitan utilizar las vacaciones para descansar y no para vivirlas como el momento anual de felicidad? ¿Se puede evitar? Creo -y espero- que sí. No debe ser fácil, o al menos no lo es para mí. Lo primero que deberíamos hacer es dejar intacto el sudario que durante el día tejimos. No buscar excusas, ni esperar el momento ideal que nunca llegará.

Estaba por escribir que mejor que prometer es realizar, pero me quedo con José Martí: "hacer es la mejor manera de decir". Y aquí estoy, con la sábana blanca y la corona de laureles -las sandalias no las encuentro-, declamando frente al espejo que entre lo terrenal y lo divino, me quedo con ambos; porque a mi, lo que realmente me gusta, es la comedia. Y como diría nuestro personaje griego: Τόσο πολύ o simplemente (y sin conflictos), hasta luego.

miércoles, 23 de enero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes con... sentido.

Hombre exagerado Alfredo Le Pera. Si ella lo olvida, sin importarle demasiado, don Alfredo pierde, por una cabeza, "mil veces la vida, para qué vivir". Eso, para qué vivir. No tengo impulsos suicidas, al contrario, me gusta la vida -mi vida-, pero bastante seguido me pregunto -cual zorzal criollo- para qué vivir.

Es verdad que la naturaleza no tiene -Darwin lo supo hace ya mucho tiempo- un objetivo. Los peces no nacieron con branquias para respirar, ni los pájaros con alas para volar, ni los hombres con piernas para caminar -mal que le pese todo esto a mi vecino de blanco, el que bendice desde el balcón-.

Los humanos usamos, sí, las piernas para caminar -aunque algunas las usen, también, para conquistar-, los peces respiran como pueden (los que no tenían branquias se ahogaron y desaparecieron) y los pájaros -qué envidia- aletean para volar a sus anchas.

Por lo tanto, convencidos (por la ciencia y la razón) de que no tenemos un objetivo genético ni designios sobrenaturales, deberíamos darle a la vida -cada uno de nosotros a la suya- un sentido, o más.

Si me lo permiten, he decidido darle cinco. Todos, en realidad. Escribo después de vaciar un plato y estimular el gusto, el rojo oscuro a través del cristal aclara la vista, el olfato se despierta con la uva que dejó de serlo y del oído se encarga Carlos Gardel. Y son cuatro.

El quinto es, como en el tango, con final reñido. Y ahí sí, fija o no, por una cabeza, o por una caricia, me juego entero, Alfredo, ¡qué le voy a hacer!

martes, 15 de enero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes de... cambios.

Me parece que la buena música es una variable estática. Variable, porque evoluciona y siempre se compone nueva y buena música. Estática, porque cuando te gusta una melodía es difícil que deje de gustarte. Una buena canción no pasa de moda, no es vieja, no se transforma en ridícula como sucede con los éxitos de cualquier verano.

Tal vez porque la subjetividad y la memoria se apoderan de la razón, escucho la música que ya conozco, y sobre todo, a los intérpretes que ya conozco. Desconfío de los nuevos hasta que los acepto; y ahí pasan a ser conocidos, de confianza.

Me pregunto qué pasaría si lo mismo me sucediera con la moda. Si el criterio de la música lo aplicara a mi forma de vestir, agradecería haber crecido de largo y de ancho. Los vaqueros -sí, ¡vaqueros!- nevados, la campera de jean forrada con corderito y los pantalones náuticos blancos (con cintura elástica, lógicamente) estarían en mi armario.

Pero ¿por qué la música no envejece y la moda sí? ¿Por qué lo que antes era lindo ahora ya no lo es? ¿Será que el arte y el negocio no se parecen en nada aunque intenten convencernos de que algo tienen que ver?

Me falta Saber y me sobra Ignorancia para encontrar alguna respuesta que valga la pena, pero no me rindo. Mientras lo consigo y la abandono -imposibles (por eternas) tareas-, me resisto a los dictámenes de la moda con una tijera en la mano. Ya saben que soy un transgresor del ruedo y la termo adhesión. Mis nuevos pantalones poco entienden de moda y proporciones.

miércoles, 9 de enero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes desequilibrados.

Después de pasar cuatro horas mirando televisión creo ser (o estar): infeliz, antiguo, fuera de moda y de estado físico, mal alimentado, ignorante y aburrido. Los modelos de esta época tan contemporánea que nos toca vivir son (tal vez tengan que ser así para que funcione) inalcanzables.

Si la diversión es como se ve en la publicidad, para pasarla bien deberíamos bailar y beber durante todo el día. El aperitivo de la tarde no será tal si las chicas con diminutos bikinis no bailan con vaso y sonrisa en boca, frente a bronceados y abdominalados chicos, que no hacen más que destapar botellas. Trataré de pensar en otra cosa antes de abrir una cerveza la próxima vez.

El desayuno, si no se toma en enormes cocinas blancas con grandes ventanales que dejan ver el jardín, con el padre que se levanta sonriente y hambriento y con los niños que llegan vestidos y ansiosos por ir a la escuela, no es un desayuno correcto. Si la madre, luego de haber preparado jugo de naranja -natural, ¡faltaría más!- y tostadas con mermelada, cometió la osadía de no servir la leche con cinco cereales, entonces sus hijos no estarán bien alimentados. Y ni hablar de su pobre marido, que tendrá que irse a trabajar (para mantener a toda la familia, obviamente) con pocas energías.

Me pregunto cómo hacer para combatir la angustia que me invade luego de ver lo lejos que estoy -por imposibilidad muchas veces, por voluntad otras tantas- del ideal de felicidad que la publicidad impone. Creo que una solución podría ser -como en casi todo- el equilibrio. El equilibrio entre el agradecimiento y la ambición. Excederse en lo primero lleva al conformismo, en lo segundo, a la frustración.
Gracias, de todas formas; y hasta la próxima.

domingo, 6 de enero de 2008

Apuntes, despuntes y añorados pespuntes.

Se dice que todo tiempo pasado fue mejor. No estoy de acuerdo. También que todo tiempo pasado fue anterior, y aquí sí -obviamente- coincido. No hacerlo dejaría al descubierto una tozudez espeluznante -de la que no carezco, pero sí combato-.

Hay, en general, cierta tendencia a pensar que recordar es añorar. No creo que así sea, al menos no siempre, o no para mí. Escucho mucho tango, y si bien debería moderar la dosis, lo hago porque me gusta. No hay -o no creo que haya- otro motivo por el que escucho al Sexteto Mayor, a Piazzolla o a Goyeneche.

El pasado se hace presente gracias a diferentes estímulos. Creo que el olfato es uno de los sentidos que con mayor fuerza nos invita a recordar. El olor del pan a media mañana detiene mi reloj a las diez, cuando sonaba el timbre para ir al recreo. Me veo haciendo fila para llenar mi taza con mate cocido, y mi estómago con galleta recién hecha. Recuerdo y disfruto, pero no añoro.

No querer regresar al pasado (revivir la juventud parece ser el mejor -y más añorado- de los recuerdos) puede ser un síntoma de exceso de realismo, exagerado racionalismo o, simplemente, de disfrutar del presente. Voto por las tres juntas, y algunas a mi pesar.

Posiblemente la medida del tiempo transcurrido influya sobre la intensidad y la voluntad de revivir lo recordado, pero aunque el pasado lo conozco, el futuro se me resiste: no sé si añoraré los tiempos transcurridos. Pensándolo bien, no será por falta de motivaciones, que las tengo... y pensándolo mejor, algunas las añoro. Hasta la próxima.

miércoles, 2 de enero de 2008

Apuntes, despuntes y pespuntes con... resaca.

Cada vez que abro un diccionario -tengo que hacerlo demasiado seguido para mi gusto- disfruto con la claridad de sus definiciones. Si bien es algo obvio, me sorprendo con la explicación, corta y precisa, de cada término. Hoy lo abrí para ver cuántas acepciones tenía una palabra.

Ya han pasado varias horas desde la cena de fin de año, pero la resaca todavía no se ha ido. Al menos no toda. La de la comida y el alcohol dura menos que la otra resaca, la de las sensaciones vividas. Cada uno de nosotros supone -o sospecha, como cuando se juega al "Desconfío" en mi pueblo- que tiene amigos. Puede intuirlo, pero la certeza nunca es permanente.

En estas fechas nuestras casillas de correo electrónico están repletas de saludos de fin de año. Cadenas de mensajes con archivos eternos, con frases repetidas y música funcional, de hotel por horas. También hay otros mensajes. Textos cortos, de dos líneas o de veinte, pero escritas por alguien para uno. Responder sería lo correcto, no es lo que hago y me excuso.

Agradezco, además, todos los correos que mis amigos que no me mandaron. No necesito que me lleguen, sospecho que me pensaron tanto como yo lo hice, y para que no se sientan en falta, tampoco yo mandé correos de felicitación.

En estas fechas se reciben muchos -demasiados- mensajes de texto en el teléfono celular. Aunque algunos sean mensajes prefabricados, está bien, porque lo que importa es que se acordaron de uno; pero también hay de los otros, de los escritos con el alma. Recibí dos la noche del 31, y todavía me dura la resaca.

Recuerdo ahora, mientras escribo, el brindis de fin de año. Cuando el 2008 era un recién llegado, cuando me abrazaban y besaban, cuando me deseaban lo mejor para lo que se viene, cuando cruzábamos las miradas y las copas, confirmé mi sospecha: sí, estaba entre amigos.

Y hoy, con el diccionario en la mano, de la R me fui hasta el principio, llegué a la A, y otra vez me sorprendí por la claridad: "amistad: Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato". ¡Feliz año nuevo, amigos!

jueves, 27 de diciembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes... catódicos.

Ayer la policía encontró a un hombre muerto en su casa. Estaba vestido, recostado sobre la cama sin abrir y con el televisor encendido. Deceso por muerte natural, sentenció el forense.

La policía entró a la casa después de que su hermana (la hermana del hombre que murió), llamara preocupada a la comisaría porque su hermano no respondía al teléfono. Quería desearle una feliz Navidad.

Nadie se había dado cuenta de su ausencia. A ningún vecino del pueblo le llamó la atención que las cartas se acumularan en el buzón. A nadie le sorprendió que no saliera más de su casa, ni que el televisor estuviese encendido día y noche sin descanso. A nadie le hacía falta este hombre. Estaba muerto desde hacía cuatro meses.

Seguramente le sobrarían motivos para su soledad y su distancia. Su familia también tendría los suyos para llamarlo cada 4 meses. Tendría motivos (él y los demás también) para carecer de amigos. Aunque uno sí tenía.

Lo acompañó hasta su último respiro y más. Inmóvil pero activo. No dejó de hablar ni un minuto, nada lo detuvo. Si sintió pena no lo sabemos (sospecho que no), pero ahí estuvo hasta el final. Cuando la policía se llevó el cuerpo, el último agente que quedaba en la casa tomó el mando, apretó el botón rojo y el último (o el único) de sus amigos, de pronto, aun inmóvil, se apagó.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... Navidad.

Como cada año, y desde hace mucho tiempo por si no lo sabían -o no se habían dado cuenta-, se festeja la Navidad (cuando me lo propongo soy un intrépido para dar noticias). Es, sin duda, un momento para hacer balances. El que quiere los hace, y el que no, se come un pan dulce, brinda con sidra y a otra cosa.

No voy seguido por el centro de la ciudad así que no veo las vidrieras adornadas con bolas rojas y nieve de fantasía (que aquí sí tiene sentido). Me doy cuenta de la Navidad por (al menos) tres cosas: cuando veo el calendario es la primera de las tres, las publicidades en televisión (invasivas, groseras y exageradamente empalagosas) y en tercer lugar, por el armado del pesebre en la plaza de San Pedro.

Si bien es siempre el mismo (lo que supone una cierta familiaridad para montarlo) los encargados de construirlo tardan semanas. Todavía no está terminado aunque ya falta poco para la celebración del nacimiento de Jesús de Nazareth. Tal vez -y es sólo una opinión- si fuese más modesto (parecido al original), sin tantas pretenciones, ya estaría terminado y listo para ser fotografiado.

Pero hay también, junto al pesebre, un árbol gigante. No es siempre el mismo. Este año viene desde los Alpes. Ciento cuarenta metros de altura cortados a ras del suelo, para terminar -más tarde- como combustible de alguna estufa vaticana. No hace falta. No es necesario. Creo yo que Jesús no estaría de acuerdo. Si hoy fuese ayer, no le habría gustado.

Se puede creer o no en la divinidad de este hombre. Lo que está -me parece- fuera de discusión es su importancia, su influencia en nuestra cultura y su capacidad para cambiar la historia de occidente. Si hoy volviera (para algunos) o naciera (para otros), seguramente no estaría de acuerdo, entre otras tantas cosas, con el ostentoso pesebre o con el árbol moribundo.

Temo que muchos de sus fieles no lo seguirían si volviese. Temo que no tendría la fuerza para cambiar demasiado. Tenemos otros dioses que se apagan y se encienden con el control remoto. Más fácil. Menos compromiso. Más efectivo.

Temo también, que si regresara a nuestra tierra, yo no estaría entre sus discípulos. Estoy tan seguro de esto como de que tampoco estaría entre sus traidores. Pero es demasiado para un texto y demasiado pretencioso para mi. ¡Feliz Navidad! Muchas felicidades, de verdad, y a tomar y comer lo suficiente, o sea: mucho. Hasta la próxima vez.

¡Ah! ¡Me olvidaba! Si ven a un señor gordo, con barba y vestido de rojo, que les hace promesas a cambio de ciertas facilidades, es -como en el viejo chiste- un hombre disfrazado. No crean en todo lo que ven.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes con actitud.

En Italia (y sobre todo en Nápoles) dicen que el mejor café se toma en Nápoles. Todos tienen una teoría diferente sobre las causas del sabor. Efectivamente en Nápoles se toma un muy buen café y la mayoría dice que es por la calidad del agua de esa zona. Una tarde le pregunté a un napolitano si el sabor se debía al agua, y me contestó que no. Es la actitud, me dijo. ¿La actitud del que lo prepara?, me sorprendí. "No, la actitud del que lo toma", sonrió.

Borges se preguntaba si cuando los anglosajones dicen "moon", tendrán la misma sensación que tenemos los latinos cuando decimos "luna". Y posiblemente aquí también es la actitud quien toma las riendas, quien asume el control de la situación, y en definitiva, quien nos hace sentir más o menos; y sentirnos bien o mal, mejor o peor.

Existe un método -el método Silva- que se centra fundamentalmente en desarrollar una actitud positiva en las personas que lo practican. Mercedes (hija, esposa, múltiple madre, bailarina de danza del vientre, estudiante de inglés y amiga) lo practica desde hace años. Ella se "pone en Silva" y no hay nada que se le resista. Por momentos logra hasta detener el tiempo para que el banco no cierre. Y el banco sigue abierto sólo por ella, claro.

Tal vez influenciado por los ya famosos Refutadores de leyendas, o simplemente por exceso de racionalismo, me resisto a creer que todo es actitud. Ayuda, supongo, pero no debería ser determinante. Inútiles con actitud positiva podrán ser felices, pero no un ejemplo. Prefiero pensar que el banco sigue abierto porque aun no es la hora de cerrar o, en todo caso, por la actitud displicente del empleado que todavía no dio media vuelta de llave para irse a comer, y no por mi actitud positiva.

He probado casi todo -lo confieso- sin éxito alguno. Agua corriente, agua mineral, variados recipientes, bombillas de madera, lata o alpaca, diferentes marcas de yerba, y nada. El mate no sabe igual por estas tierras. ¿Qué dicen?
¿Pruebo con la actitud? Hasta la próxima ronda.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... costura.

Hace unos días descubrí -porque Roxana me lo dijo- que a los pantalones no hay que hacerles más el ruedo. Ahora se usan "doblados", sin más. Enarbolando una conservadora transgresión (como si de mantener vivo un centenario oficio en vías de extinción se tratara), seguí luchando para acortar mis nuevos y desproporcionados pantalones. Demasiado largas las piernas para tan avispada -y gracias por la licencia- cintura.

Terminada la complicada tarea -y contemplando el éxito obtenido- me doy cuenta de que es más fácil hacer un ruedo, que echarse al ruedo. Ponerse en juego es una de las tareas más difíciles (porque tal vez la más necesaria) que nos toca enfrentar.

Si bien no importa la edad, creo que el mérito es mayor cuando se está más cerca de la jubilación que del primer sueldo. El miedo y las dudas -eso sí- me parecen similares. Y aunque son varios los factores que entran en juego, no será el temor al fracaso lo que nos frene, ni tampoco el conformismo disfrazado de tranquilidad.

Preparemos entonces el traje de luces que siempre hay un toro que nos espera. Afilemos la espada y tomemos las medidas de la capa. O del pantalón, para abandonar las metáforas taurinas. Yo ya tengo lista mi tijera. Aguja e hilo, no hacen falta. Los transgresores del ruedo utilizamos una cinta termo adhesiva, que con la plancha a 180º y buena voluntad, hace maravillas. Hasta el próximo -hoy sí- pespunte.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes... especiados.

Me abruman. Me agotan. Son absolutamente innecesarias. No hay ningún motivo -salvo el económico, claro está- para tener que soportar nuevamente a las Spice Girls. Es una pena, porque ya casi habíamos olvidado la monotonía, el ruido y la electrónica como único concepto. Ellas -y sus productores discográficos- no.

Ya era suficiente que Victoria (la más esquelética y la que peor se mueve de todas) se casara con Beckham y llenase las crónicas rosas con sus obscenas compras. Dicen que cerraron un piso de "El corte inglés" de Madrid para que ella comprara ropa para sus tres hijitos, pobrecitos.

Después de su regreso a los escenarios en Canadá, los comentarios giraban alrededor de sus hijos, de cómo hacían para cuidarlos con tanto viaje, si jugaban entre ellos y si pensaban en aumentar la familia (luego de aumentar -aun más- sus cuentas corrientes). ¿Y la música? Bien, gracias.

No soy un fundamentalista. Muy aburrido sería un baile en el Club Argentino con la novena sinfonía de Beethoven, y poco rendidor un concierto cuartetero (aunque sea de la mona Jiménez) en el teatro Colón. Sin ir tan arriba ni tan abajo, hay términos medios que vuelan alto. Aterricemos y dejemos por un momento las medidas de altitud.

Por suerte hay otros regresos. Sorprende mirar hacia atrás y tomar conciencia del tiempo que pasa. Que veinte años no es nada lo sabemos porque lo escuchamos desde hace mucho más que veinte años. Otro ejemplo, uno más para confirmar que la buena música sobrevive a casi todo. No hacía falta que las chicas condimentadas volvieran. No hacía falta que Sting se acordara de The Police, porque su música sigue viva aun con el paso del tiempo.
Pero se agradece, y mucho. Hasta la próxima.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes seducidos y abandonados.

Es difícil de explicar el tango. En realidad no es fácil explicar el arte. Se siente y basta. No creo que sea una música triste, pero encuentro gran dificultad para explicar cómo sentimos el tango los argentinos (o cómo lo siento yo, para no exagerar). Cómo sentimos la melancolía, la traición, la tristeza, el desengaño o el sufrimiento. En fin, el contenido del 101% de los tangos.

Arriesgo, sin temor a equivocarme -porque lo que me falta es miedo, y no porque me sobre seguridad-, que cuando escuchamos, por ejemplo, "quiero emborrachar mi corazón para olvidar un loco amor", no pensamos en el nuestro (corazón o loco amor, no importa); sino en el del pobre desgraciado que lo está cantando o -un poco más allá- en el que lo escribió. Siempre es otro el que sufre. Tampoco nos ponemos tristes porque fue abandonado, engañado y dejado miserablemente en la calle con todo su menaje.

Dudo -ahora- si esto es un mecanismo de defensa o simplemente un rasgo de nuestra personalidad. Acostumbrados a la exageración en todo sentido, reaccionamos con frialdad ante el fulano que después de comprarle un tapado de armiño, ve pasar -tiempo después- a su amada con la prenda que tanto esfuerzo le costó, y abrazada a su nuevo novio. Y pensar que hasta tuvo que dejar de fumar para regalárselo.

En cualquier caso (mecanismo o rasgo), el tango parece habernos transformado en testigos del sufrimiento ajeno sin sentir ni siquiera un poco de tristeza. No sé si está bien o está mal. No sé si es sólo en el tango o también nos pasa cuando caminamos por la calle. No es aquí donde encontrarán respuestas -pero eso ya lo sabían-; y como la música es el único placer que no es pecado, subamos el volumen del CD, y que alguno (si es el polaco, mejor) se desgarre el corazón esperando a su amada o desahogando una traición. Hasta el próximo apunte.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... fórmula uno.

Somos diferentes. No es ningún hallazgo, lo sé. Y si bien muchas veces se ha dicho, me subo al carro de los triunfadores sosteniendo que entre el hombre y la mujer existen demasiadas diferencias. Algunas físicas, obviamente. Muchas mentales.

Hace unas semanas, después de una abundante cena (más abundante en líquidos que en sólidos), hablábamos de temas muy serios con algunos amigos. Manteniendo el temple (suyo) y el estilo (de la charla), Dani se lamentó porque estuvo tres días tratando de recordar el nombre de un piloto de fórmula uno, "el finlandés... ese rubio con bigotes gruesos". Nigel Mansell se llama, y manejaba un Williams.

De todos los participantes a la charla había sólo una testigo. Que no entendió -porque no quiso o porque no pudo- que cuando un hombre se queda fijo, en silencio y con la vista perdida mientras mira televisión, pueden estar sucediendo dos cosas: o está mirando televisión, o está pensando en el Nigel Mansell de turno.

Para muchos es una charla cotidiana. Para otros, recurrente. La mujer pregunta y el hombre responde con un clásico y (poco) efectivo "nada". No estamos pensando en nada, ¿o de verdad quieren saber? La mayor parte de las veces sentiríamos un poco de vergüenza si tuviésemos que confesar que nuestra mente estaba en el lejano oeste, o que si hubiese sido más rápido era gol. Cantado. Que podría haberle pegado de aire, así como venía, en vez de pararla y buscar mi mejor perfil (si lo tuviese).

No tengo pretensiones de recopilar escenas de la vida de pareja, en todo caso lo dejo en sus manos (o vuestras, como diría Dani). Aquí me detengo, entonces, porque sospecho que sería de poca utilidad. Pero antes de terminar, creo que como muestra basta un botón: algunos días después de la charla que habíamos tenido, Dani estaba sentado en el sofá mirando -en silencio- televisión. La testigo le preguntó en qué estaba pensando. En Nigel Mansell, dijo mi amigo. Ella juntó sus cosas, y se fue. Hasta el próximo despunte.


Corrección: Mansell, como bien apunta Fernando, es Inglés. La abundancia de alcohol y la carencia de conocimiento llevan a cometer errores inesperados.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Apuntes y despuntes modestamente orgullosos.

Voy a decir algo que puede sonar fuerte. Y después de decirlo intentaré explicarlo: no siento orgullo por Argentina. No siento orgullo por mí país. No lo sentiría por Alemania si hubiese nacido en Berlín, ni por China si tuviese la piel amarilla, ni por Suecia si fuese un irresistible rubio de ojos celestes.

Siento orgullo, sí, por la cosas que hago y por las que no (no por todas, ni de unas ni de otras), por mi familia y por mis amigos. Son hechos, son personas, no entidades abstractas que mucho abarcan y poco aprecian. Y siento orgullo, además, por cinco hombres vestidos de negro que desde hace 40 años demuestran que se puede ser serio, trabajar en serio y tener éxito.

Definir a Les Luthiers como cinco hombres vestidos de negro es como decir que el fútbol es un deporte donde 22 hombres corren detrás de una pelota o, peor aun, que 500 gramos de papel y dos litros de tinta son una novela policial. Es obvio que estas últimas no son definiciones mías, pero me remito a mí primer texto por si alguien tuviese algo para reclamar.

Decía que siento orgullo por Les Luthiers, y lo siento fundamentalmente por una cosa: son, tal vez -y aquí entra en juego la pasión y comienza su retirada la razón-, la mejor expresión de nuestra cultura popular. O al menos es la que prefiero, la que desearía que fuese nuestra cultura, mí cultura. De esta sí (y también) estoy orgulloso.

Pensar. Trabajar con seriedad. Buscar la excelencia con esfuerzo y paciencia. Sin prisas, con honestidad y sin engaños. ¿Será mucho si digo que Les Luthiers pueden ser unos de nuestros próceres del siglo XX y -cuanto menos- del que le sigue?. A muchos conmemoramos por discutibles ideales y dudosos métodos, así que -aun exagerando- declaro, con orgullo, a Les Luthiers próceres de mi querido país. Hasta la próxima.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... terceros.

Admiro a los buenos periodistas. La capacidad para encontrar, observar y contar una historia tiene algo de artístico. Y si bien lo intento, puedo sólo comentar -sin demasiadas pretensiones creativas- pequeñas observaciones de la vida cotidiana.

Me sorprende la actitud que toman ciertas mujeres cuando van en coche con su novio. Más grande, más lujoso y más caro es el auto, menos sonríen. En silencio. Mudas, serias, como enojadas y con la vista perdida en un horizonte que, generalmente, termina un metro más adelante.

Me gusta cuando las vendedoras en Buenos Aires dicen el precio usando el condicional: "serían -se atajan- 25 pesos". Como si fuese una posibilidad, una opinión o cuestión de buena voluntad del comprador pagar los 25 pesos que vale el producto que desea llevarse.

¿Por qué los jugadores de fútbol se expresan en tercera persona?: "Tevez es un jugador con llegada, con gol y que intenta trabajar para el equipo", es la respuesta a la pregunta que un periodista (incisivo y creativo), le hizo a... a Carlos Tevez. Es como si hablar en tercera persona transformara, a quien lo hace, en testigo. Testigo y parte (indefectiblemente, esto sí) de las propias acciones.

Pero el punto más alto del discurso expresado en tercera persona lo tocan -cuando no- las madres. Es raro, porque en general la tendencia es hacia la apropiación del niño: "no me come, doctor", se preocupan. "Mire lo que me hace", se ofenden. Pero cuando se trata de convencer, lo intentan despersonalizándose: "no llores, mi amor. Cuando mamá llegue te prepara la comida" dice una señora a... a su propio hijo.

Ha llegado al final del texto convencido de que fue demasiado largo para demasiado poco. Intenta no bajar el nivel aunque es consciente de que siempre se puede ir más abajo. El autor de este blog espera que las musas vuelvan, o lleguen -siendo (él) más realista-, para seguir compartiendo pensamientos en forma de apuntes. Así que Mauricio los saluda hasta la próxima vez.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... revistas.

El cine siempre, las Para Ti antes y las Cosmopolitan hoy, han causado mucho daño en las relaciones de pareja. Exigen, sin compasión, comportamientos extremadamente románticos para cualquier persona. Sobre todo si esta persona es un hombre (convengamos y aceptemos).

Así las cosas, las opciones se reducen y las consecuencias se hacen patentes. Con extrema facilidad nuestros discursos se vuelven empalagosos. Casi como si escribiéramos un bolero en cada declaración de amor; o cada vez que solicitamos, gentilmente, que nos alcancen la sal. Un lenguaje que de tan dulce corre el riesgo -cada día- de transformarse en diabético.

Con sorpresa me detengo frente a los quioscos de revistas: "Diez consejos para ser una diosa", clama un titular. "Cómo conquistar a tu príncipe azul", promete otro. Demasiado fácil para ser cierto. Tan inverosímiles como las promesas de las revistas de manualidades. La carpintería parece ser el pasatiempo preferido.

Hay quienes dicen que fue una venganza después de ser parte del trío más inocente y menos erótico de la historia de la humanidad. Otros, que fue la energía provocada por un cálido mate al despertar. El motivo no importa. Pero después de una tarde con grandes movimientos -dictados por la pasión y promovidos por la escasa frecuencia o la frecuente escasez (sólo a veces)- una amiga compró una revista que enseñaba cómo transformar una normal cama de cuatro patas en un somier apoyado en el suelo. Y lo logró.

No ha sido la única que ha caído en tentaciones editoriales. Conozco a varias personas que, aun siendo carpinteros, se han dedicado al tejido. Patas de lana autosuficientes, que le dicen. Hasta la próxima.

martes, 6 de noviembre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... ¿de qué?

Convengamos que la poesía no ayuda: "el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos". Y en cada conversación (y también en cada beso, por qué no) la búsqueda, ya no de una respuesta, sino de La respuesta. Vivir con seguridades pasajeras (sabemos que lo son, aun sin admitirlo), es tan negativo como hacerlo con dudas eternas. El exceso de seguridad lleva -casi siempre- a la soberbia. La inseguridad -cuanto menos-, al egoísmo.

El tiempo es -se me antoja- un aliado. Un aliado del enemigo, si es que lo hubiera. Cada día se parece a un año, y cada año que pasa, a una vida que se va. Y si complicado es vivir preguntándose qué es lo que uno debería hacer; no cuestionárselo, es fatal. Supongo -con exceso de arrogancia y escasez de convicción- que quienes no se cuestionan nada viven felices. Lo supongo, pero no lo espero.

Vivo con dudas. No dejo de preguntarme qué es lo que tengo que hacer. Y me respondo con inútiles preguntas; por retóricas y por inútiles. Pero también sé que no podría vivir de otra forma. No me interesa la felicidad del distraído. Prefiero que la desazón sea el punto de partida, y no llegar a la meta sin darme cuenta.

Quiero, y de esto sí estoy seguro, poder elegir. Que cada decisión que tome sea mía, compartida (siempre es mejor) o autónoma. Pero eso sí: deseo fervientemente ser parte activa en la elección de mis destinos, y no un inerme testigo de mis propios desenlaces. Hasta un próximo -espero cercano- despunte.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Apuntes, despuntes y bonitos pespuntes.

Me gusta la zamba. Tal vez sea, de nuestro folclore, el ritmo que más me entusiasma. Del mismo modo que en el tango hay una exageración -y jactancia- del sufrimiento, en el folclore -me parece- los poetas abusan de la nostalgia del querido pueblo, del añorado pago, y no sólo. A cada sustantivo corresponde -al menos- un adjetivo. Una empalagosa construcción de comunes lugares que concluyen, siempre, en la desinteresada pero cabal mentira.

¿Alguien pasó por Cerrillos? Sinceramente: ¿podrían cantar "cómo olvidarte Cerrillos si por tu culpa tengo mujer" sin ser conscientes de la exageración?; o "veras que lindo es el río desde el puente carretero": ¿qué río? ¿Cuándo? ¡Si está seco la mayor parte del año!

En los años 60, todos cantaban "Angélica, cuando te nombro...". Bien. Bien. Está bien, nada tengo para decir. Pero "si un águila fue tu cariño,/ paloma mi pobre alma,/ temblando mi corazón en tus garras sangró/ y no le tuviste lástima", ¿puede considerarse una declaración de amor?. Aunque algo de eso debe haber, porque "no olvidaré cuando en tu Córdoba te vi/ y tu clavel bajo los árboles robé" me suena a modesto eufemismo.

Menos mal que entre tanto económico verso (me contagié, perdón) hay poetas que logran elevarse y, también, redimir tanta festivalera poesía (¡y dale...!). Escuchen -si quieren, claro está- "La pomeña", con música del Cuchi Leguizamón y la letra de Manuel J. Castilla: "La cara se le enharina, la sombra se le enarena. Cantando y desencantando, se le entreveran las penas". Para qué más si con esto alcanza. Hasta la próxima.

martes, 30 de octubre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... sueños.

Despertarse agitado, con el pulso acelerado y las manos apretadas puede ser bastante desagradable. Claro que cuando nos damos cuenta de que fue una pesadilla, la sensación cambia.

¿Por qué, entonces -me pregunto- no logramos disfrutar los sueños como si realmente hubiesen sucedido? Si el cuerpo reacciona con sensaciones reales a estímulos virtuales, no veo tan descabellado aceptar esa experiencia como vivida. Jugar en la primera de Boca, pararla con el pecho en el monumental y clavarla en el ángulo más lejano con uno de esos derechazos que sólo en los buenos sueños te salen, ¿no puede ser también un disfrute real?

Soñar lo inalcanzable puede ser frustrante, pero cuando lo inalcanzable se sueña, resulta -en todo sentido y en cualquier acepción- fantástico. Anoche pasé películas en la cabina del Cine Marconi, en Tejedor. Nunca lo había hecho. Anoche sí, y ya está. He decidido convencerme de que una vez proyecté una película en el cine de mi pueblo. Nunca lo voy a decir, claro está. Pero he decidido que así fue.

Eso sí, soñar demasiado me parece -y ahora se padece- que impide dormir bien. Tengo sueño, y demazzzzzzsiadas ganas de dormizzzzz.... mmmnnnnmmm.... zzzzz... ¡vení afuera zzzzzzi sos machozzzzzzz...! zzzzz.... zzzz... ¡Viva Perón, carajzzzzz! zzzzzzz.... Hasta la prózzzzima... zzzzz......... ZZZZZZZ...... zzzzz....

jueves, 25 de octubre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... mejores.

Hace diez años el mejor entre los mejores dijo adiós. El fútbol sigue siendo el fútbol, pero la pelota -aunque casi sin manchar- disfruta menos. Pocas caricias y demasiados golpes. Se extraña, Diego. Se extraña.

Elegir a los mejores es siempre un acto subjetivo. Los sentimientos no están al margen y condicionan la elección. Tal vez es hasta justo que así sea. Pero cuando el talento es tan grande, para negar la evidencia pueden sólo intervenir intereses negativos. Diego sigue jugando, o tratando de jugar. Y nosotros seguimos viendo en ese hombre pesado, y muchas veces triste, el gran jugador que fue. De todos, el mejor. Quedó claro quién es, para mí, el mejor en el fútbol. Pero también tengo otros mejores.

El mejor desayuno, el de nené, en el campo en Santa Inés, que nos convertía a Javier y a mí, en dos innatos cazadores o en intrépidos jinetes. El mejor asado, el de mi viejo; y la mejor merienda - y tal vez a la mejor hora: las 5 de la tarde - la cremita de mí abuela Victoria. La mejor música, el tango y la que tocamos entre amigos. Pero la comida no es todo.

La mejor cintura, la que espero abrazar. Las mejores piernas, las que quiero rozar. La mejor boca, la que se deja besar y el mejor beso, el primero... y el último.

martes, 23 de octubre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... frases sinceras (de otros).

No estoy de acuerdo con Oscar Wilde (y perdón por semejante herejía) cuando dice que "la verdad es, simplemente, una cuestión de estilo". Me acerco mucho más a Serrat cuando lo escucho cantar su "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio". ¿Se puede construir un texto copiando frases ajenas? La respuesta es sí, sobre todo cuando no se poseen propias. Probemos.

Veo en la coherencia un gran contenido de sinceridad. "Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa", una buena frase que jamás había escuchado ni leído. Es del escritor francés André Maurois y tanta es mi ignorancia sobre su vida y su trabajo, que tuve que copiar letra por letra su apellido.

Sí he leído, y muchos lo saben hasta el hartazgo (que lo he leído y que lo saben), a Roberto Fontanarrosa. Su autor de aforismos, Ernesto Esteban Echenique, es sin dudas un hombre sabio. Aunque según él mismo, cuando alcanzó la sabiduría, esta lo miró y le dijo: "Ya me alcanza cualquiera". De todas formas, a pesar de su corta carrera en pos del conocimiento, Echenique sabe, y así lo expresa, que "una palabra puede herir. Pero un martillazo es feroz".

En este sentido -y tal vez por ser huérfanos del mismo padre- Inodoro Pereyra también lo tiene claro: "con la verdad no ofendo ni temo -dice el renegáu- pero con la mentira zafo y sobrevivo". Diferentes formas de afrontar la verdad, pero siempre con sinceridad, sin contradicciones. Conscientes de sus propias ideas y, también y sobre todo, de sus propios sentimientos.

Resaltando una fenomenal sabiduría criolla, con resignación y fundamentalmente con sinceridad, el gaucho de Fontanarrosa nos enseña, además, cómo afrontar la vida de pareja. Sabedor de sus limitaciones le confiesa a su perro: "Mendieta, uno se deslumbra con la mujer linda, se asombra con la inteligente... y se queda con la que le da pelota". Hasta el próximo despunte, y que repunte.

lunes, 22 de octubre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... felicidad.

Pienso en un camionero. Su viaje no tiene final. Llega para volver, y regresa para partir. Búsqueda continua de un destino esquivo, escribiría -tal vez- algún discreto poeta tanguero, con esa tendencia al sufrimiento que nos marca y remarca. Un trabajo agotador. De amigos circunstanciales que luego de llenar el tanque y la barriga desaparecen recorriendo su camino.

Parecido es, se me antoja, el camino hacia la felicidad. El placer es el destino y, también, el punto de partida en búsqueda de una nueva satisfacción que nos haga felices. El secreto está en la permanencia, en cuánto tiempo nos demoramos y cuánta conciencia tomamos del disfrute. Hablábamos con Jessica -y arriesgábamos- que la necesidad o tal vez la edad (espero lo primero, por nosotros) nos lleva a disfrutar, cada vez más, de la suma de pequeñas cosas. El momento ideal no llega, y si lo hace será un nuevo punto de partida, un nuevo destino, como una nueva ruta que debemos tomar. Pero aquí no hay mapas que indiquen la dirección. Todo no se puede.

En casi todos los ámbitos existen Refutadores de leyendas. Esa agrupación que se encarga de demoler con sólidas bases científicas cada afirmación de Los hombres sensibles, habitantes fantásticos del barrio de Flores, a los que Alejandro Dolina dio vida y alma. La felicidad se debe –y aquí se jactan– a una hormona: la endorfina. Por falta de voluntad, y exceso de ignorancia, no voy a intentar explicar qué es y cómo funciona esta hormona, pero parece que es importante.

Sé, por experiencia (y por suerte, ahora que lo pienso), que hay tres actividades que generan gran cantidad de endorfinas: Hacer el amor, reírse y jugar al golf. En estas semanas tengo una lesión en la mano que me impide jugar. Agradezco a un amigo la carcajada que me provocó esta mañana. Un poco de endorfina no le viene mal a nadie de vez en cuando. Ya despuntaremos nuevamente. Hasta la próxima.

jueves, 18 de octubre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... tiempos.

El tiempo: creación humana e intangible. Subjetivo como pocos, pero también concreto y cruel. Einstein postuló que no existe un tiempo absoluto. Una de las predicciones más sorprendentes de su teoría es el hecho de que “el tiempo no transcurre en forma igual para observadores distintos” y yo agrego: pregunten al joven enamorado cuánto dura su último beso, o a su futura suegra. Empírica explicación. Y aunque sospecho que nada tenga que ver con la relatividad, la idea se deja ver.

El tiempo nos afecta, nos condiciona, nos obliga. “Los tiempos postreros serán más cortos”, o algo así me parece que dice la Biblia. En realidad no es a mi, sino a Elena Raquel a la que le parece, porque siempre lo dice. Será una duración relativa, pero lo cierto es que siempre estoy apurado por llegar. Llegar adónde y para qué no importa, pero debe ser ya mismo. Ahora.

Mucho tiempo hay que trabajar. Horas y horas en nombre y búsqueda de una mayor productividad. Todo evoluciona y a veces hasta mejora, pero si se trabaja mucho más tiempo para tener siempre lo mismo, creo que hay alguien que gana y otros que pierden. De una cosa estoy seguro; de la otra no: ¿Alguien puede decirme quién gana?

“Hubo un tiempo que fue hermoso, y fui libre de verdad…" ¡no, no! ¡Esa canción no! Perdón, pero -como dice mi amigo Germán- Sui Generis fomenta el hippismo fogonero, así que mejor volvamos al tiempo relativo que más nos inquieta. Un año parece mucho, y tal vez lo sea. Dos, demasiado. Tres, lo sabemos, son multitud. Y si una semana puede parecer interminable, una noche puede ser efímera y al mismo tiempo (y a su tiempo), eterna. Hasta el próximo despunte.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Apuntes, despuntes y pespuntes de... nada.

Los blogs están de moda. Y acá estoy. Siempre he tenido la sensación de que tenía algo para decir. Sensación falsa, sin dudas. O al menos en parte. Cualquier cosa que escriba será igual a muchas, y diferente a casi nada. Copiar es imposible, decía Borges. Lo bueno es demasiado conocido para ser plagiado; y apropiarse de lo malo, inútil.

Por eso todo lo que aquí se lea, seguramente no será mío. Siempre alguien se me habrá adelantado, habrá tenido una idea, aunque más no sea, genuina y -tarea más que fácil- la habrá expresado mucho mejor. Pero esto es gratis, fácil y lo que me sobra (por lo menos hoy), es tiempo.

Voy a copiar mucho y citar poco. Lo aclaro desde el principio para evitar disputas (no sé entre quién, pero dejo la humildad para los grandes). Dicho esto, escucho a Bradbury que me dice "primero escribí y después pensá". Como escribir puedo le hago caso y empiezo, pero pensar me cuesta más.

Ahora me acuerdo de Roberto Fontanarrosa. Bueno, ahora y casi siempre. Sobre todo antes de que se muriera. Me acuerdo porque la página está vacía de ideas y aunque espero algún día empezar a llenarla, la realidad es que este texto carece de casi todo.

El negro no creía que sus personajes tuviesen vida propria. "Imaginate -decía- que los personajes te miraran y te dijeran 'pelotudo, seguime'. Eso no existe", pero a él le pagaban por escribir y dibujar, a mí no. Así que como ahora no tengo mucho más para decir, y ni siquiera un personaje que me increpe, aquí termino. Hasta un próximo despunte.